martes, 22 de diciembre de 2009

Ya que hablamos de confesiones



Pobre Tolstói, creyendo que su cultivo personal le reportaría felicidad; creyendo que su individualidad enfermiza era la mejor solución. No fue hasta más tarde, justo al final de su vida, cuando se dio cuenta de que la batalla había que vivirla allí fuera, en la realidad, entre las calles llenas de fuego y terrenos recubiertos de una fina (y asquerosa) capa de moho.

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