martes, 22 de diciembre de 2009

De progressus y espadas: Chesterton (Parte I)

En respuesta al hilo comenzado -aunque todo este mediático blog en realidad trata también sobre eso- por aquí mi compañero, acerca y alrededores de la idea de Progreso -aunque vamos a salirnos algo de la política-, voy a proponer, a esta mesa redonda de debate con tanto eco y recepción de mentes críticas humanoides -y bovinas, que sé que una vaca nos sigue fielmente: Un saludo amiga Doris-, voy a proponer, insisto, un texto transversal de un autor perfectamente enredado -pero este hombre era tan grande, tan gigantescamente ético y admirable, que parecía un ómnibus o un dios torpón y lúcidisimo- con este concepto clave que viene de cuando Adán y su moza, la serpiente serpentina y la manzana y el año cero: Chesterton, por supuesto.
Que más que enredado lo que tenía era un escudo que era como un espejo que reflejaba -sí, coñe- el alba, y un lápiz que conservaba -seguro- de cuando niño, de cuando niño descomunal: guardaba para sí aquel lápiz, instrumento elemental de madera, que es también otra suerte de espada, como se verá a continuación.
Y antes de pasar al texto -inédito en estos lares virtuales: lo sé porque lo he buscado pero me veo obligado finalmente a copiarlo del libro (sí, libro); igual hasta me lo aprendo-, vamos a -a nuestra manera: destinada cuasi al vacío- introducir un poco esta ideilla del Progreso, pero a introducirla transversalmente también, como han de introducirse las cosas.
A nuestra manera, destinado al vacío, porque en este mundo pogresado las palabras se perderán en este espacio multitudinariamente desquiciado y desangeladamente solitario que es Internet, el summum del Progreso, y de eso se trata precisamente.
Edad Media, Revolución Francesa y revoluciones, marxismo, materialismo, positivismo, nazismo...; el progreso meramente histórico (progressus, ir hacia delante, moverse) tiene que ver y mucho con estos términos, pero existe otro progreso, que sí, que es más o menos lo mismo -al fin y al cabo la Humanidad es un "gran número de personas" moviéndose-, pero que no, aunque sí.
Religión, círculo, mejora y mecanismo. Pero también mente, y alas, y tender hacia...
Pero dejémoslo, y propongamos ya de una vez este texto en primicia hispánica internáutica global -un texto que por otro lado no es más que una pequeña fábula que publicó Gilbert Keith -si nos lo permite- en no se qué periódico allá por 1928.
Iremos acaso colgando más.
Para que -atención a la genialidad, Doris- la cosa vaya progresando.
Va -y nos habla Chesterton-:


La leyenda de la espada

De la Guerra de Cuba se cuenta una historia extraña, de tal suerte que suena a eco de alguna epopeya antigua: de cómo un esforzado yanqui, persiguiendo al enemigo, llegó por fin a un puesto español olvidado en una isla y tuvo la sensación de que había irrumpido en presencia de un fantasma. Pues, en una casa adornada con andrajosos cordobanes y viejos tapices dorados, se encontró con un español tan anticuado como Don Quijote, sin más arma que una vieja espada, la cual, aseguró, había conservado su familia bruñida y afilada desde los tiempos de Cortés: y os podéis imaginar con qué sorna la miró el americano, allí de pie con su flamante cinturón Sam Browne y su nuevo revólver reglamentario.
Su regocijo aumentó naturalmente cuando descubrió, amarrado muy cerca, el dorado esqueleto de un viejo galeón.
Cuando el espectro español saltó a bordo blandiendo su inútil arma, y lo siguió su captor, el armazón se partió por la mitad y los dos se quedaron agarrados a un palo.
Y aquí (dice la leyenda) la historia dio un extraño giro: pues se alejaron flotando juntos en esta balsa rudimentaria, y finalmente dieron a parar a una isla desierta.
Las inclinadas playas de la isla estaban cubiertas por una jungla de juncos y hierbas espesas, que había que cortar a fin de hacer sitio para una cabaña, y para trenzar esteras y
cortinas para la misma. Con una diligencia bastante sorprendente en alguien tan despacioso y anticuado, el español desenvainó su espada y empezó a utilizarla a modo de guadaña. El otro preguntó si podía ayudar.
-Ésta, como decís, es una herramienta tosaca y anticuada -respondió el espadachín-, y la vuestra es un arma rápida y precisa. Si con vuestra infalible puntería os dignarais disparar
una tras otra, a cada brizna de hierba, ¿qué duda cabe de que acabaríamos la tarea más aprisa?
El rostro del ibérico, escrutado con la mayor atención, parecía cargado de gravedad, incluso de tristeza: y continuó su tarea en silencio. Sin embargo, a pesar de sus trabajos terrenales, el hidalgo conseguía mantenerse razonablemente limpio y pulcro: y el enigma quedó parcialmente resuelto una mañana en que el americano, habiendo madrugado, descubrió a su camarada afeitándose con la espada, que la disparatada leyenda familiar había conservado especialmente afilada.
-Un hombre sin más posesión terrenal que una hoja de hierro -dijo el español disculpándose- debe afeitarse como pueda. Pero vos, equipado como estáis con todo el lujo de la ciencia, no tendréis dificultad en disparar a los pelos de la barba con vuestra pistola.
Lejos de congratularse de este gracioso elogio, el viajero moderno pareció un poco disgustado o molesto: a continuación dijo de repente desenfundando el revólver:
-Bueno, supongo que no me puedo comer los pelos del bigote; pero este juguete puede ser más util para conseguir el desayuno.
Y disparando con rapidez y admirable puntería, derribó cinco pájaros y vació el revólver.
-Permitid que os diga -dijo el otro cortésmente- que habéis proporcionado materiales para más de una elegante comida. Sólo que después de esto, y ahora que se ha agotado vuestra munición, recurriremos a mi táctica rudimentaria de ensartar peces con la espada.
-Supongo que ahora me puedes ensartar a mí, además de los peces -dijo el otro con mordacidad-. Al parecer hemos retrocedido al estado de barbarie.
-Hemos retrocedido a un estado -dijo el español, asintiendo gravemente- en el que podemos obtener lo que necesitamos con lo que ya tenemos.
-¡Pero -exclamó el americano- eso es el fin del Progreso!
-Me pregunto si importa mucho cómo acabe -dijo el otro.

3 comentarios:

Doris dijo...

Muuuuuuuu buena entrada.

Caballero Blanco dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Caballero Blanco dijo...

Gracias Doris, nos reconforta tu apoyo.
Y no. La espada no es una alusión veladamente fálica.
Ese es otro afamado blog del que soy webmaster y del que me siento enormemente orgulloso.
Por cierto, Gorri es una diosa.