Aceptamos que el mundo es un devenir continuo: la sociedad cambia irremediablemente, de forma continua, jamás se detiene. El cambio social se produce incluso en las democracias más adormiladas: todo el mundo cambia y, por consiguiente, también lo hace, de forma más o menos paralela, la sociedad en su conjunto.
Como jóvenes idealistas, aquellos que buscamos llevar de forma moderada una utopía a la realidad, intentamos confiar en la idea del Progreso; es decir, ese ideal que actualmente no existe: aunque se relacione siempre los ideales del avance imparable a la actual ideología de izquierdas, ésta no es más que una desviación sin fundamento que basa sus supuestas conquistas democráticas en un Progreso inexistente y que viene como consecuencia de la reducción del espectro político clásico.
Kant afirmaba que “el mundo y la Humanidad cambian siempre para mejor”. Demasiado optimismo dentro de la cruda realidad. El cambio social se produce, pero no necesariamente implica mejora: la aplicación de las llamadas políticas progresistas no conllevan un avance social en todos los casos, por lo que el desarrollo de la sociedad puede estancarse, e incluso retroceder: tomar la dirección inadecuada aun creyendo que el viento va a nuestro favor. Ni siquiera podemos confiar en los clásicos.
Sin embargo, el Progreso se constituye como el concepto más oportuno para concentrar nuestros ideales de cambio. Una sociedad no puede tomar una única dirección sin una idea prefijada y compartida por toda la ciudadanía, unos puntos básicos en los que se cimente la vida social. La cuestión pasa por redefinir el Progreso. ¿Qué es realmente el progresismo? ¿Hacia dónde se dirige? ¿Cuál es el ideal por el que deberíamos luchar todos juntos? En una sociedad en la que, de nuevo, la reducción del espectro político clásico ha provocado una ingente masa social con un pensamiento débil, reformar el Progreso pasa a ser la solución idónea, o, quizá, “la menos mala”.
Ser progresista, hoy en día, significa no aferrarse a ninguna ideología preconcebida, utilizar el transversalismo independiente como forma de entender y enjuiciar la política, mantener un espíritu crítico ante la sociedad, confiar en que las cosas pueden y deben cambiar, ser trascendente y aspirar, en definitiva, a superar la mediocridad reinante.
Sin embargo, considerar la transversalidad como una nueva ideología, una mezcla entre izquierda y derecha, sería caer en el mismo error, en el mismo fango que recubre toda la política. Es decir, la transversalidad ha de entenderse como la mejor forma de ser justo y crítico, alejado de toda ideología y de los prejuicios reinantes. Adquirir esta cierta independencia se antoja como la mejor opción para conseguir que el Progreso evolucione y deje de estar estancado y plagado de conceptos demagógicos y obsoletos.
Un año sin Paco (pero con él)
Hace 9 años
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