La pregunta es si los muertos nos hablan.
La pregunta es –y yo creo que es una de las preguntas más importantes- si en ese hospital abandonado de sombras de tuberculosos suicidas y fetos en formol, las voces que se oyen existen dirigidas a nosotros, o si acaso el eco ha de recibirse en la noche a flor de piel y bajo una luna cruenta y desoladora de drama que infesta los pasillos llenos de cascotes y sillas asoladas de polvo.
Debemos saber, y debemos conocer –y esto es tan indispensable como la luz de una vela en la madrugada de cualquier habitación del planeta-, y debemos saber y haber sabido, porque nuestra misión no es otra que perecer en el futuro pero a través de un pasado que siempre nos acechará detrás, o que al menos, como sombra, permanecerá alrededor de nosotros y muchas veces veloz y angustiosamente se nos cruzará, sin que nuestros ojos lo perciban.
Todo esto ya ha sido. Eso es lo letal.
Es una situación en principio concreta, que tiene que ver con la enfermedad –allí los dejaban morir-, la demencia y la caída desde un noveno piso desangelado a un patio vergel selva donde la muerte no es sino una enfermera de mirada perdida en lo más siniestro y profundo de la oscuridad tras la última puerta del largo pasillo, en el extremo ala izquierda o centro del complejo de la locura y el abatimiento en miligramos administrados con aguja hipodérmica.
Todo esto ya ha sido, aquí, sólo aquí, y deberemos preguntarnos –solos, muy solos, una noche cualquiera frente a la ventana rota por donde se cuela una luz de desvaída inmediatez de farola lejana-, si es verdad que sentimos frío, si es verdad que sentiremos frío y un aliento, si es verdad que no basta con aspirar de pie el último cigarrillo desvelados con más fuerza, porque lo oscuro y la enfermedad nunca vuelven –siempre permanecen, pero no de un modo general solamente de un modo concreto si están en ese abandonado hospital y nosotros nunca nos podremos desprender de este nuevo y viejo y demente manto de horror y locura que nos ha sido colocado merced a un único movimiento –inevitable, de periferia, casi limítrofe, pero reflejado en perdidas actas y datos de ayuntamiento- de traspasar una endeble barrera de protección e internarnos a través de verjas oxidadas y muros descoloridos en un paroxismo de decadencia en el hospital que mencionan pequeñas crónicas y rumores que se transmiten de voz en voz, muy bajamente como un incómodo secreto, como algo que está allí y de donde luego casi no se puede salir, o sin el casi, del vacío tóxico de la planta de los suicidas tuberculosos y la enfermera maligna, que no es ninguna vieja historia alrededor de la hoguera y se trata sin embargo de un edificio que se aprecia como un bastión sin origen a muchos metros de distancia a medida que nos acercamos cuando atardece y llevamos la linterna en una mano y en la otra sólo un temor de racionalidad erguida trastornada asediada enferma -presencia en una ventana- y un no se sabe qué.
(Dedicado transversalmente una noche transversal al "Hospital del Tórax").
Un año sin Paco (pero con él)
Hace 9 años
No hay comentarios:
Publicar un comentario