"White, amigo, me muero. Mi mente se desvanece. Me estoy quedando en nada. No tengo capacidad de maniobra ni creo poder tenerla en un futuro. Me encuentro perdido entre marañas de personas. De conversaciones y palabras desagradables. Insultantes. Sigo sufriendo, White, muchísimo. Por la misma razón de siempre. Nunca he conseguido sacármelo de la cabeza. No he levantado cabeza desde que me dejó Hannah. ¡Qué tiempos aquellos cuando los dos nos divertíamos haciendo chorradas!. Pero aquello es pasado. Ambos llegamos a la conclusión que no podíamos estar retrotrayéndonos siempre. Tu estás ahí, en Pamplona. Yo sigo aquí, en Zaragoza. Los dos andamos perdidos. Intentando buscarnos. Encontrando una mínima esperanza a la que agarrarnos fuerte e irremediablemente. Es esa nueva realidad la que deberíamos de hallar con todas nuestras fuerzas. Algo que dé un giro a nuestras vidas.
Mis sufrimientos por toda la raza humana siguen presentes. Supiste apartarlas de tu cabeza, pero de una única forma: reducir las relaciones al mínimo imprescindible. Ahora, me dices, estar muy desgastado. No salir de casa.
Pero yo no estoy mejor que tú, White. Créeme. No encuentro mi lugar en la sociedad. No sé qué debo hacer. Veo, hablo y callo. Cuando me tumbo en la cama recuerdo todo lo acontecido en el día. Es tan ilógico, White. Los humanos hacemos cosas muy extrañas que nunca he conseguido comprender. Veo mucha degeneración, depravación. Tengo que despertarme pronto por las mañanas, cuando aparecen los primeros rayos de Sol. Me pongo un pantalón corto y salgo a correr entre la niebla. Me aplico al máximo hasta que el cuerpo dice no poder más. Me doy una ducha y me pongo mi gabardina. Salgo al parque a leer. Llega la hora de comenzar la rutina, las clases empiezan. Comienza la convivencia social.
Quizá si alguna de nuestras personalidades se volvieran a aunar. Si encontraramos el punto en común de todas ellas dentro de la única cabeza que tenemos para pensar. Decidimos separnos en mil y un pedazos. Durante un tiempo funcionó pero ahora estamos más perdidos que nunca. Retumban en la cabeza pensamientos de vuelta, pero el dolor que padecíamos ante esa dura pugna por gobernar a un único cuerpo, a ese irrepetible cuerpo estaba destrozando toda la realidad.
Su cuerpo estaba agotado. Su cabeza parecía echar humo de verdad. No podía sino dormir. Esperar a que llegáramos a una armonía. El roce de la vida social termina por estropearlo todo. Borracheras hacían cesar las voces durante unas horas. Producían la calma, encontrar puntos en común y funcionar al unísono por un tiempo. Pasados los efectos la guerra se reabría con más fuerza. Una resaca insoportable que se traducía en bombas de artillerías dentro del campo de batalla.
Un año sin Paco (pero con él)
Hace 9 años
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