

Habíamos encontrado el hogar, pero se nos negaba la entrada.
Veíamos las puertas flamantes, con el brillo mate que despedían a las horas de luz –allí eran muchas-, y nos apoyábamos en las cercanías, como esperando que se abriesen.
”Soy un pequeña mota manejada
por los designios de la aurora” –llegó a decirme.
Y quise encontrar el sentido en aquella ligereza.
Nos intrigaba el instante anterior a la apertura, que nunca llegaba, pero que parecía anticipársenos siempre.
La mirada declinaba justo después, y seguíamos el rumbo del atardecer, dispuestos a la conquista de todo lo que encontrásemos por delante. Nada jamás nos detendría.
Pero estábamos muy solos.
Así que en cierto modo éramos dueños de todos esos minutos; también de la extensión interminable.
[…]
Pero un buen día se abrió, y tardamos un tiempo en mirarnos primero.
Los rostros no eran rostros de satisfacción, puede que sí, pero la puerta se había abierto.
Nos costó incorporarnos, y miramos atrás y a lo lejos por última vez como para cerciorarnos o despedirnos.
En ese momento descubrimos fragmentos que hasta entonces nos habían pasado inadvertidos.
También nos dimos cuenta de que nada se nos había negado nunca.
Yo echaría de menos algunas cosas.
Después de unos cuantos pasos prolongados nos adentramos por fin, y allí nos esperaba.
Habíamos llegado al hogar, y había algo familiar en todo aquello.
También una extraña pena por lo que dejábamos atrás para siempre.
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