martes, 2 de diciembre de 2008

En el mundo que no cesa (2) - El corazón es un cazador solitario


[En ese mundo que no cesa, en el Sur de los Estados Unidos, donde Carson Mccullers, junto al café triste, hay un hombre que sabe que el corazón es un cazador solitario.]

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Una tarde de Domingo cualquiera murió Mr. Singer.
Una tarde cualquiera en que se sintió terriblemente solo.
El hosco Blount apretaba el puño y lloraba sin contenerse.
Así como el viejo doctor Copeland y la pequeña Mick.
Una noche cualquiera Biff se dio la vuelta con cansancio.
Y no fue más que Bartholomew, el viejo Biff de dos puños y una lengua rápida, Mr. Brannon, solo.

En los suburbios los negros de las hilanderías malvivían hacinados y hambrientos.
Mientras, Mick tocaba el piano en su cuarto interior, y sentía miedo.
Algo extraño que sentían todos, algo turbadoramente grande e inquietante.
El señor Blount, ebrio y solo, gritaba a través de su ventana y era asaltado más tarde por aquel loco predicador.
Él sabía, el sabía tanto, y en las paredes de la ciudad mensajes silenciosos cifraban el dolor de los corazones.
Cuando el algodón del viejo y agotado Sur se teñía del gris de la ausencia.
Y algo pasaba, algo esperaban, pero no era nada.
Mick sola, tan bonita, en el café New York.
Y Mr. Brannon en la barra, detrás de la caja, con algún periódico pasado, con tantas cosas que decir.

En aquel tiempo el doctor Copeland era consumido por la enfermedad. Al mismo tiempo que cavilaba sobre su firme propósito.
Y luego sus hijos. Portia. Karl Marx. Y Willie sin pies.
De nuevo en el café New York Mick, tan bonita y tan cansada, creía que serviría de algo, y bebía cerveza o componía bellas canciones.
Más tarde compraría un piano. Sí. Un piano a plazos.

Cuando en algún lugar Mr. Singer, solo, la bala de plata, la pólvora, no podría soportar más un dolor desangelado en el pecho.
Blount seguiría aquel camino gris, lleno de polvo, en mitad de la lluvia.
Y mientras Mr. Brannon, en mitad de la noche sin fisuras, sentiría un vuelco en el corazón, o en el alma, o nada.
Con firmeza volvería a entrar, tras levantar el toldo, se sosegaría, y después, tranquilamente, esperaría el sol de la mañana.

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