
Hay, en el mundo que no cesa, una radicalidad paradójica.
Pero es una paradoja muda, de las que se revelan lentamente.
Digamos que el lugar está situado en una esquina e iluminado toscamente.
La luz es formal, apenas urbana, porque es la luz mortecina de los sueños de asfalto.
Y no hay nada amenazador, nada que sugiera que el peligro acecha a la vuelta de la esquina.
En el mundo que no cesa hay cuatro aves nocturnas. Quietas, profundamente quietas.
Una ventana transparente muestra una verdad misteriosa.
El cristal es geométrico, y nuestra mirada se demora en los márgenes de su superficie.
Dentro, la claridad es súbita, pero después se va fundiendo poco a poco.
Hay, en el mundo que no cesa, un cartel de 24 horas.
El silencio lo inunda todo.
Y el viajero solo no sabe con certeza si ha alcanzado el final de su viaje.
No hay viento, no hay nada, jamás hubo nada, y el espacio nunca acaba.
Además sabemos que el tiempo aquí no sirve.
Pues en el mundo que no cesa una prontitud se nos muestra.
La radical paradoja, porque el mundo cesa a cada rato.
No hay nadie con quien compartir lo que vemos, nadie ha llegado antes que nosotros.
Y la soledad del viaje, junto con nuestro sentimiento de pérdida y de pasajera ausencia, se hacen inevitablemente presentes.
No hay comentarios:
Publicar un comentario