lunes, 1 de diciembre de 2008

PRESENTACIÓN - En el mundo que no cesa (1)


Hay, en el mundo que no cesa, una radicalidad paradójica.
Pero es una paradoja muda, de las que se revelan lentamente.
Digamos que el lugar está situado en una esquina e iluminado toscamente.
La luz es formal, apenas urbana, porque es la luz mortecina de los sueños de asfalto.
Y no hay nada amenazador, nada que sugiera que el peligro acecha a la vuelta de la esquina.

En el mundo que no cesa hay cuatro aves nocturnas. Quietas, profundamente quietas.
Una ventana transparente muestra una verdad misteriosa.
El cristal es geométrico, y nuestra mirada se demora en los márgenes de su superficie.
Dentro, la claridad es súbita, pero después se va fundiendo poco a poco.

Hay, en el mundo que no cesa, un cartel de 24 horas.
El silencio lo inunda todo.
Y el viajero solo no sabe con certeza si ha alcanzado el final de su viaje.
No hay viento, no hay nada, jamás hubo nada, y el espacio nunca acaba.
Además sabemos que el tiempo aquí no sirve.

Pues en el mundo que no cesa una prontitud se nos muestra.
La radical paradoja, porque el mundo cesa a cada rato.
No hay nadie con quien compartir lo que vemos, nadie ha llegado antes que nosotros.
Y la soledad del viaje, junto con nuestro sentimiento de pérdida y de pasajera ausencia, se hacen inevitablemente presentes.

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