No es posible escapar, ya ha empezado.
El lento devenir de las galaxias contrapuestas, la luz artificial que es pura como el primer día.
Desde nebulosas remotas el hecho es inapelable.
"Una raza de seres hiperinteligentes y pandimensionales construyeron en una ocasion un superordenador de proporciones colosales al que llamaron Pensamiento Profundo para calcular de un modo definitivo la Respuesta a la Pregunta Última de la Vida, del Universo y de Todo lo demás.
Durante siete millones y medio de años, Pensamiento Profundo ordenó y calculó, y al fin anunció que la respuesta definitiva era Cuartenta y dos; de manera que hubo de construirse un nuevo ordenador, mucho mayor, para averiguar cuál era la Pregunta verdadera.
Y tal ordenador, al que se dio el nombre de Tierra, era tan enorme, que con frecuencia se lo tomaba por un planeta, especialmente por los extraños seres simiescos que vagaban por su superficie, enteramente ignorantes de que no eran más que una parte integrante del gigantesco programa del ordenador.
Cosa muy rara, porque sin esa información tan sencilla y evidente, ninguno de los acontecimientos producido sobre la Tierra podría tener el más mínimo sentido.
Lamentablemente, sin embargo, poco antes de la lectura de datos, la Tierra va a ser inminentemente demolida con el fin, según afirman, de dar paso a una vía de circunvalación; y de ese modo se perderá para siempre toda esperanza de descubrir el sentido de la vida."
De esta forma tan humorísticamente repentina rezan hoy las portadas del diario Guía del autoestopista galáctico, perentoriamente se nos ofrece el último saludo, y nosotros, seres vulnerables para con el exterior y el tiempo, nos vemos reducidos a la asimilación estupefacta de tales palabras.
El mundo como tal lo conocíamos se va desmoronando, cascotes humeantes, y resquicios de pensamientos en llamas, los edificios del hombre son presa de vientos siderales, y parece que no hay remedio, la resignación es la consigna.
Sin embargo, siempre hay un pero, incluso en los instantes postreros del hombre, y la aurora clara nos envuelve.
No sabemos si pero, no sabemos cómo, el hecho mesiánico va adueñándose de modernas pantallas perfectamente dispuestas.
Ya no deseamos alboroto, fútil agitación, nos embeben los compases finales del primer marciano.
Tranquilamente, enteramente lúcidos, sin aspavientos de amargura, trágico dolor impostado, cada uno que reclame su propia sinceridad, y que mire.
(Qué coño importa que el mundo se vaya al carajo, si esto cansa un huevo, y canta Bowie.)
Mientras el último paso es dado, y la última piedra se quiebra, poderosa blanca luz atestiguando resiste y recoge nuestra marcha sin retorno.
Un año sin Paco (pero con él)
Hace 9 años
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