“Estoy cansado, Gorri, estoy muy cansado y desgastado. Veo pasar los días encerrado en mi casa. Me asomo por la ventana, me fumo un pitillo, veo caer la lluvia por las frías calles de Pamplona, y me vuelvo a encerrar en mi habitación. Duermo poco, pero porque me obligo. Me digo a mí mismo que no quiero perder el tiempo, no deseo ver llegar la noche y no haber hecho nada en todo el día. Pero la realidad es que me despierto, pongo la cafetera y mientras se hace bajo corriendo a comprar el periódico. Luego subo, me lo sirvo, me enciendo un cigarrillo y lo leo. Ese es el único contacto con el mundo que tengo cada día.
Termino, camino por el pasillo hacia mi cuarto y veo mi reflejo en el espejo. No me reconozco, Gorri, no sé quién es esa persona que queda representada en el cristal.
Y sigo. Cierro la puerta con pestillo, me meto en la cama para no pasar frío -no funciona el radiador-, y abro el primer libro.“La carretera” de Cormac McCharthy. Me pega bastante, ¿verdad?. Uno de esos escritores americanos de los que no hay fotos: no han salido nunca ante los medios de comunicación. Serán hipócritas. Nuestros queridos amigos Thomas Pynchon y J.D. Salinger harán lo mismo. Se sentarán en su máquina de escribir y empezarán a teclear y teclear. Así pasarán el rato. Una buena forma de vida, sin duda.
Llega la hora de comer. Tengo que saludar a la cocinera que me cuenta, mientras yo sujeto el pomo de la puerta para salir pitando en cuanto pueda, toda la verdad sobre la crisis financiera. Keynes, Adam Smith y empresas, palabras que repite y repite. Día tras día. Estoy a punto de sufrir un colapso. Cuando lleva ya quince minutos hablando empiezo a descomponerme. Me quedo sin fuerzas, me flojean las piernas y se me nubla la vista. Cállate ya, por favor. Pero no puedo decirle nada. Me sentiría mal. No quiero molestar a nadie. Ni tampoco quiero que me molesten a mí. Es lo único que pido.
Me pongo a comer, ya sin televisión. No puedo soportarla ahora. Pongo las noticias y te diré la verdad: me pongo nervioso. La comida está rica, hay que reconocerlo. Alguien entra por la puerta y empezamos a hablar de esquí. Debe ser lo único que tenemos en común porque no habla de otra cosa. Afirmo, comento, intento ser agradable al máximo. Pero la realidad es que me cansa. Es la misma conversación con diferentes variables una y otra vez.
Siguen llegando más compañeros. Algunos ya ni me saludan. Deben de preguntarse: ¿qué coño hace este tío?. Nada, la verdad. Pero es la única forma de no sufrir. Ahora ya no tengo ganas de gritar como un histérico.
Vuelvo a mi cuarto. Hoy veré “Perros de paja”. Bajo la persiana, me tumbo y a disfrutar. Cuando llega alguna escena subida de tono tengo ganas de masturbarme. Quizá no lo haga. He de respetarme a mí mismo y a mis semejantes.
Termino, sigo con “Los pilares de la Tierra”. Alguien golpea la puerta. “¡Vamos a cenar!”. No contesto. “¿Tío estás bien?”. Silencio y posteriormente los pasos que indican que se marcha. Me estoy meando, pero por no salir lo haré en una litrona.
Es de noche hace tiempo. Enciendo la radio, “La rosa de los vientos”, un buen programa, Gorri, no te lo pierdas. Es de noche hace tiempo. Las cuatro de la madrugada. Ha pasado un día más, sin pena ni gloria. Programo el despertador a las siete, y luego a las ocho y a las nueve. Quiero escuchar la opinión de la actualidad de todos los programas de radio. A ver que dice Herrera, y Losantos y Del Olmo. Abro la ventana, enciendo otro pitillo. El frío se me pega en los huesos, me gusta esa sensación. Sigue lloviendo en una mañana gris en Pamplona.”
Un año sin Paco (pero con él)
Hace 9 años
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