lunes, 30 de marzo de 2009

Meindert Hobbema. Vermeer. Instinto de luz.




Si dices que esas pinturas estarán despobladas.
No cedas jamás. Naturaleza dictará su íntimo designio.
Hombre, no cejes en la escucha de esas ramas retorcidas del roble verdeante, tampoco ignores la apacibilidad arquitectónica del molino. En la madera de su estructura desvencijada se halla el corazón del templo antiguo, la batalla no tiene final. Pinta, pinta.
La mañana entera holandés.
Sugiere con firme indolencia las sombras del mediodía, y no repares en tiempo.

Si canales dorados por los siglos, si vistas magníficas destinadas a perdurar en el altar de la memoria, admira todo eso, pero olvídalo.
La bella molinera asoma por la ventana de la estancia. La luz doméstica incide sobre ella. Ella, joven de la perla, de pie, acaso lejos, no exige nada en absoluto. Todavía restan varias horas.
Aguarda un segundo, escucha, respira, sigue pintando.

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