Es cuando llega una historia intensa, sencilla y sincera, con una apariencia austera, sin alardes ni pantomimas, cuando realmente el relato me atrapa, me llega a lo más hondo, me hace volver a casa como un hombre completamente distinto, recordando miles de imágenes y guardando en mis entrañas la banda sonora.
Es un corto recorrido, del cine hacia mi casa, diez minutos intensos, meditativos, donde no necesito observar la cruda realidad que tengo delante; de hecho, en el recorrido paso por medio de una discoteca y un burdel, y rara es la vez en la que no encuentro a varias personas vomitando en el primer rincón oscuro que encuentran. Sí, durante esas noches no sufro por la raza humana, no juzgo ni veo lo que está pasando en la calle, porque por un momento, todo ha cambiado.
Cuando te han presentado magistralmente una película cargada de emociones y sentimientos, que se ha ido desarrollando tan lentamente que cada secuencia puede deleitarse y palparse, todo es diferente.
Has vivido en primera persona la tragedia de la deportación de inmigrantes ilegales en Estados Unidos en "The Visitor", y has llegado a sentirte dentro del protagonista, ese viejo profesor universitario que lleva años fingiendo que trabajaba y que encuentra en una pareja de inmigrantes un nuevo objetivo en su vida.

Has visto a un maestro del cine despedirse casi definitivamente de las pantallas, has podido ver a un pobre anciano viudo y enfermo que se ha involucrado en el problema social del racismo, y le has visto cabrearse tanto por la injusticia que estaba viviendo que ha tenido que romper los cristales y los muebles de su casa, en un arranque de rabia, y haberse ensagrentado las manos. Has tenido ganas de montarte en el Gran Torino, junto a Thao, mientras suena la sobrecogedora banda sonora de Jamie Cullum y el vólido se pierde en el infinito tras una inmensa panorámica del océano.
Por un momento.
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