jueves, 26 de marzo de 2009

Consideraciones intempestivas: un lugar donde aferrarse. Un aplazamiento. Una observación. Poca cosa en el filo de los tiempos sin margen ni esperanza

Es muy sencillo.
En este maldito rincón marginal, donde los sonidos no hacen su agosto ni hacen nada, porque se pierden en su propio y puto eco estéril, los gestos en mitad de la noche tampoco valen nada, no se regresa nunca de ningún sitio, los mitos, las cosas, son tan absolutamente complejas que solamente el hecho de rozarlas tratando de rastrear en ellas una explicación, algo que no fugue al instante y te deje acojonado y temblante, es materia de espíritus supralunares, otros cielos, otros ámbitos más despejados y más propicios -pero no existen tales en esta tierra baldía.
Podríamos extendernos infinitamente en infinitos circunloquios. Vagar de aquí para allá, escuchar tal o cual canción, interpretar con mayor o menor ferocidad y apasionamiento tal o cual obra musical, citar ese texto de allí, ese libro clave de no se qué de más alla, sodomizarnos con una manguera.
Los hombres que han sido son innumerables, y se ha dicho que ha habido tantos como estrellas en esta galaxia y tal, que por cada hombre que ha sido luce un sol en el firmamento galáctico.
Y lo malo es que el efecto poético de semejante hecho se consume en el hastío de cifra semejante.
Pero detengámonos. Apeémonos de este atolondramiento. Vayamos por partes.

Pongamos un ejemplo: Gorri.
Como testamento literario de este cochino sitio, podríamos dejar aquí unas cuantas palabras, para consignar cierto estado de ánimo cambiante, dichos cambios, para tratar un tema u otro.
Pero eso no vale. Peor aún: eso no sirve.
Dicen que hay cientos de mundos y cientos de países, pero yo no los he visto.
Dicen que hay miles y miles de kilómetros, pero yo apenas he recorrido unos cuantos.
Dicen que hay millones de personas, millones de lugares, millones de asuntos que tratar, cosas que conocer...
Dicen que hay y hay y hay...

Vamos a ver, las máscaras no valen en este podrido planeta. Pero no valen no porque sean falsas, o porque sean de mala calidad.
No valen porque una máscara no es nada, porque no merece la pena ni cubre nada, o porque no hay nada debajo.
No hay que ser diferente para cada uno. No hay que ser nada. Borges y el otro.
Eso es una suprema tontería.
En el acto de ser y tal nos jugamos más cosas que una máscara, una mera e ínfima apariencia... Pero de esto ya supieron mejor muchos otros, y además es un aburrimiento.
No hay conclusión, pero a mí se me antoja extraer una: dejémonos de gilipoyeces.
Punto 1.
Vamos al punto 2.

El hastío es un estado de ánimo.
Nada más. Como casi todas las cosas.
No existe ninguna intrincada red de racionalidad que sostenga semejante término, siquiera algún principio de razonamiento.
No sirve aducir que uno ha colapsado, que ya no hay más espacio, que no resta ninguna posibilidad.
Cioran, el descarnado Cioran, ese hombre que ha vivido tanto y de tal forma que te hace tambalearte sólo con oír mencionar su nombre, fuera de él, a millas y millas de él -hay que reconocer que de cerca asusta- no es nada tampoco sino un estado de ánimo. Una ilusión. Una jodida verdad.

Sí, joder.
Es una jodida verdad.
Que escojamos la alternativa de seguir en pie existiendo la posiblidad de la bala, el precipicio, no es una cuestión de pros y contras, casi ni de biología, tampoco de estado de ánimo.
Es mucho más complejo. Tan absolutamente complejo que, evidentemente, lo es todo.
No importa una alternativa u otra, al fin y al cabo, supone una estrella menos o una estrella más brillando, y la luz nunca es suficiente de todos modos.
Pero sí que importa en cierta manera.
Importa en la medida en que podemos moldearlo, castigarlo, enfrentarlo.

No hay secreto alguno.
Cioran está muerto, y sobre su tumba de París crecen otra vez las hierbas y algunas amapolas.
El mundo es demasiado grande, y demasiado pequeño. (Tan pequeño que asfixia).
No sabemos qué pasará mañana, y lo que es peor, no sabemos si queremos saberlo, si nos importa lo más mínimo, si nos importará al despertar.
La noche está llena de tabernas y de castillos, el día..., el día no se sabe.
Todo es precario. A veces no hay estímulo alguno. A veces hay tan poco que se confunde con nada, y entonces, entonces a correr porque de otro modo...
Pero bueno.
Dicen que más allá de esas colinas se esconde el horizonte, y que más allá se llega después de un larguísimo viaje al País del Ocaso.
Allí los niños son felices, o al menos no son desdichados. Y el atardecer no es tan sumamente brusco que hace que nos cedan las rodillas y caigamos de bruces al suelo.
Allí se respira una cierta suerte de paz. Y no es una paz en tensión, como al punto de la explosión.
Es una paz completa.
Pero es que ese país del Ocaso queda muy lejos, no es la Muerte -no que yo sepa-, y además está allí para que los hombres -los hombres que saben, los hombres que sienten- conozcan que existe, y conozcan también que no pueden alcanzarlo.
Creo que esta torpe alegoría servirá de algo, y no caerá en vano, no morirá.
Ese País, ya se sabe, se halla en el interior de esos pocos con el único fin de mostrarles lo que nunca alcanzarán en vida. Por mucho que se ande, por más que se llegue.
Y hay que enfrentarse a eso. Es este torpe sino. Es el rasgo de la melancolía, la suprema MELANCOLÍA, la expectación de la vida -en el sentido de espectador-, de la nostalgia de aquello que nunca ha sucedido -y no sucederá-, es la esperanza de un mañana que venga y nos encuentre todavía despiertos -no vamos a rendirnos, no vamos a ceder-, es el hastío de las cosas al completo, es... En realidad no es nada. Es tanto, tan sumamente tanto, que no es nada.

Hay que fijarse en dos cosas. Ya que estamos con Cioran, pues terminemos.
Cioran se planteó el suicidio y alrededores, al igual que Schopenhauer, Nietzsche etc.
Todos escribieron decenas de páginas sobre ello, y estoy seguro de que pensaron mucho más.
Pero todos siguieron hasta el final. Mejor o peor. Por lo que fuera.
Gime serenamente Cioran los siguientes aforismos:

-Sin la esperanza de un dolor aun mayor, no podría soportar éste de ahora, aunque fuese infinito.
-Refutación del suicidio: ¿No es inelegante abandonar el mundo que tan gustosamente se ha puesto al servicio de nuestra tristeza?.
-Sólo se suicidan los optimistas, los optimistas que ya no logran serlo. Los demás, no teniendo ninguna razón para vivir, ¿por qué la tendrían para morir?.

-En un mundo sin melancolía los ruiseñores se pondrían a eructar.
-Gracias a la melancolía -ese alpinismo de los perezosos-, escalamos desde nuestro lecho todas las cumbres y soñamos en lo alto de todos los precipicios.
-Si alguna vez has estado triste sin motivo, es que lo has estado toda tu vida sin saberlo.
-La tristeza: un apetito que ninguna desgracia satisface.
-Oriente se interesó por las flores y el renunciamiento. Nosotros le oponemos las máquinas y el esfuerzo, y esta melancolía galopante -último sobresalto de Occidente.
-Vivo únicamente porque puedo morir cuando quiera: sin la idea del suicidio, hace tiempo que me hubiera matado.
-El deseo de morir fue mi única preocupación; renuncié a todo por él, incluso a la muerte.
-Dejad de pedirme mi programa: ¿Acaso respirar no es uno?.

-¿Superará el hombre algún día el golpe mortal que le ha dado la vida?.
-Creo en la salvación de la humanidad, en el porvenir del cianuro.
-Mi avidez de agonías me ha hecho morir tantas veces que me parece indecente abusar aún de un cadaver del que ya nada puedo sacar.
-Cuanto más difuso sea el objeto de una pasión, mejor ella nos destruye; la mía fue el Hastío: sucumbí a su imprecisión.
-Quien teme perder su melancolía, quien tiene miedo a superarla, con qué alivio constata que sus temores no tienen fundamento, que ella es incurable...

Y si es incurable, ¿entonces qué? ¿Ya está? ¿Así de fácil? ¿Así de rápido?
Podríamos atestar este artículo de frases semejantes, no sólo de él -todas las suyas lo son-, sino de otros tantos lúcidos. Pero eso no significaría nada.
Aunque es cierto que visto así rechina un tanto, también es cierto que existe una innegable palpitación de inconmovible verdad de dolor en todo ello, en ese nihilismo mortalmente melancólico. Pero, ¿qué significa eso? ¿qué significa para todos los demás? ¿Qué se puede hacer entonces?
¿Superaremos las cimas de la desesperación? ¿Cargaremos perennemente con ellas a nada que lúcidos seamos? ¿No hay otro modo?
Los frutos de la melancolía, el hastío y la desesperación son frutos podridos, pero dan de comer en cierta manera. O al menos no son inmediatamente letales.

Cioran recorrió Francia en bicicleta. Y aunque Francia ya no es lo que era, me parece que tiene unas carreteras decentes.

Con esto no quiero decir nada. Porque nada significa nada -joder como me repito, ya termino-, porque todo significa nada.
La vida de estos tres de arriba ya no sirve, y volcarse en sus libros en la madrugada -lo digo por experiencia- es un acto casi por completo inútil, porque una página es una página.
Pero sí es cierto que algo puede cambiar.
La raíz de las cosas es que las cosas mismas, todo, todo es una broma pesada.
Una broma que jode bien, y de qué modo.
Pero yo ya me canso de hablar esta noche. Y me temo que no vamos a llegar a ningún sitio.
Recordad, jóvenes y jóvenas del mundo: el infinito espera, uuuuhh, está allí, acechandoos, no le deis la espalda, pero tampoco os tiréis hacia él de cabeza.
Hay que pensar a lo grande. Es la única vía.

Ya seguiremos otro día, noble silencio.
Aunque no lleguemos a ninguna parte.
Por el gusto de ocupar el tiempo en alguna cosa.

Pero es que es ya muy tarde y... Mirad.
Mirad con atención.

Es el mundo, que cesa.
(Está cansado. Está agotado. No se tiene en pie.)

Quién sabe lo que nos deparará el mañana, ¿no?

(Sí bueno, es una chorrada de frase, pero qué más da.)

.........

Esperad, ¿oís eso? ¿Oís eso que gritan?
Llega de detrás de las colinas y dice:

¡Adelante! ¡Adelante! ¡Adelante!

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