
Empezaremos por abajo,
y nunca bastará.
Hay tantas criaturas como soles del espacio
innúmero, sin nombre,
y las hojas, la selva, el dinosaurio,
ya no nos temen.
Desearemos la dicha del ojo,
la liturgia de la visión,
la contemplación tibia ad infinitum
demorada en la ventana que lo abarca todo.
Jugaremos a ser dioses y venceremos
solo en la medida en que nuestros dones
-la vida que se nos muestra, los recursos con que Naturaleza
abruma-]
se nos dan y nos ofrecen pérdida constante.
Entonces el mar será profundo.
Y lo habitarán todos los seres que un día lo moraron,
y nosotros consignaremos su estadía,
su forma, su alimento,
pero también por qué no su misterio
abisal, como mundos insondables que tientan,
y su peligro,
su tamaño monstruoso,
o el escalofrío de sus dientes y el fondo despoblado
de sonido aparente,
de firme.
Y al volver arriba,
muy despacio,
antes de las lunas toparemos los desiertos nevados
de torres hormigueantes,
de vida soterrada.
Y cada pieza de la tierra será un extraño monumento,
y constará de corriente,
de fluir,
de un silencio rimado en constante movimiento
pero silencio al cabo.
Repleto de llamadas y de voces.
Y cuando al fin nos demos cuenta,
cuando por fin sepamos.
Esto y esto es a lo de arriba,
esto y eso.
Habrá pasado mucho tiempo,
conoceremos que el cocodrilo reposa en la ribera con las fauces
abiertas
de par en par.
Y que el elefante despierta los sonidos ancestrales de esta
selva o sabana,
y que el jaspeado ojo del tigre acecha,
y que el mundo duerme,
y que los sonidos moran.
Dejaremos esta tenue o franca luz y su alegría
extraña,
o su tristeza incipiente y rellena de mar o firme.
Serenamente pasaremos el dorso de nuestra mano hambrienta
de lomos, confines u horizontes,
por esta tierra,
y después la dejaremos caer como caen las esperanzas,
y se depositan los ruegos y la dicha,
o la abundante vida que cede.
Demasiados mundos, demasiados seres,
demasiados elementos contantes y
sonantes por doquier.
Demasiadas cosas.
Al rigor de esta estadía opondremos firmamento.
Siguiendo arriba,
llegando donde sólo llegan los jardines y sus rosas,
donde la contemplación campa a sus anchas,
y la expectación es callada y buena.
O mala. No importa. Eterna.
Donde las cosas calman.
Al albur de esta subida las nubes y las mantas
de estaño o cobre, del cielo,
el negro llegar del silencio sin tormenta.
Igual que en esos fondos marinos opacos,
con un brillar abisal que se nos muestra
a lo lejos, velado, más grande, más cerca.
Después de abajo el mundo arriba al fin
tocaremos o
sentiremos plena,
su gloria y pena y sin matices
de vida o muerte, nada:
la compañía sin fin de las estrellas.
muy despacio,
antes de las lunas toparemos los desiertos nevados
de torres hormigueantes,
de vida soterrada.
Y cada pieza de la tierra será un extraño monumento,
y constará de corriente,
de fluir,
de un silencio rimado en constante movimiento
pero silencio al cabo.
Repleto de llamadas y de voces.
Y cuando al fin nos demos cuenta,
cuando por fin sepamos.
Esto y esto es a lo de arriba,
esto y eso.
Habrá pasado mucho tiempo,
conoceremos que el cocodrilo reposa en la ribera con las fauces
abiertas
de par en par.
Y que el elefante despierta los sonidos ancestrales de esta
selva o sabana,
y que el jaspeado ojo del tigre acecha,
y que el mundo duerme,
y que los sonidos moran.
Dejaremos esta tenue o franca luz y su alegría
extraña,
o su tristeza incipiente y rellena de mar o firme.
Serenamente pasaremos el dorso de nuestra mano hambrienta
de lomos, confines u horizontes,
por esta tierra,
y después la dejaremos caer como caen las esperanzas,
y se depositan los ruegos y la dicha,
o la abundante vida que cede.
Demasiados mundos, demasiados seres,
demasiados elementos contantes y
sonantes por doquier.
Demasiadas cosas.
Al rigor de esta estadía opondremos firmamento.
Siguiendo arriba,
llegando donde sólo llegan los jardines y sus rosas,
donde la contemplación campa a sus anchas,
y la expectación es callada y buena.
O mala. No importa. Eterna.
Donde las cosas calman.
Al albur de esta subida las nubes y las mantas
de estaño o cobre, del cielo,
el negro llegar del silencio sin tormenta.
Igual que en esos fondos marinos opacos,
con un brillar abisal que se nos muestra
a lo lejos, velado, más grande, más cerca.
Después de abajo el mundo arriba al fin
tocaremos o
sentiremos plena,
su gloria y pena y sin matices
de vida o muerte, nada:
la compañía sin fin de las estrellas.
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