lunes, 16 de febrero de 2009

Truman

Ni siquiera Truman, con su aspecto peripuesto, consciente del papel que desempeñaba en esta vida, admirado por muchos y odiado por otros, pudo soportar algo semejante. Deseando que ocurriera cuanto antes y al mismo tiempo soñando que jamás ocurriría.
Recibía cartas que no leía. Pasaba la mañana y la tarde en cama, esperando una simple noticia que le permitiera actuar, moverse. Su editor le acompaña, la dama del ruiseñor llama por teléfono preocupada. Nadie. Absolutamente nadie sabe qué está pasando por la cabeza de Truman. Había desaparecido del mundo mientras le estaba buscando apasionadamente, mientras se fragua la idea de un nuevo mito viviente, el creador de una nueva literatura, la influencia y el saber transmitidos a toda la humanidad.
Fue a visitarle, no pudo contener las lágrimas. Su cara se enrojeció, la sangre fría le corría a borbotones por las venas, mudo.
Desde una esquina en la oscuridad sufrió y padeció su muerte colgado de la horca. Un genio, vivo y muerto. Apenas nacido.

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