lunes, 16 de febrero de 2009

Otros.

El problema estaba en los otros. La otredad, ¿es eso?
Quiero decir, llegabas hasta él y no te apartaba, pero tampoco lograba fundirse.
-¿Quién eres? ¿Qué eres? –pronunciaba con abrumada timidez.
-Pues es obvio, soy gente, es obvio. Qué voy a ser si no.

Y podía llegar a resultar irritante el hecho de su perplejidad manifiesta y original, especialmente cuando comenzaba a palparte con las manos, sencillamente con un espíritu entre escépticamente científico y despegado, enormemente distante.
-Sin embargo –le dirían-, el hecho es que podemos dañarte. Podemos atizarte así, ¿ves?, y entonces ya no puedes permanecer en la ignorancia.
No es el hecho del daño en sí, ¿comprendes?, es el hecho del daño intencionado.
-Bien…

Nadie tuvo reparos en reírse, pero ninguno y nadie osará acercarse con fines gratuitamente violentos: tal es su naturaleza ajena, que es evidente no persigue ninguna clase de perjuicio o afrenta para nadie.
Pero la cuestión de su silenciosa rebeldía desconocida, que no se busca a sí misma, que no inquiere las raíces de una tierra extraña o una especie semejante, no sabemos qué beneficio natural podrá acarrearle. Al parecer ninguno. Todo deben ser desventajas.
Y sin embargo…

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