Únicamente sobrevivían un puñado de personas en aquella desolada calle de la desesperación. En otro tiempo, acostumbraban a residir gentes de buen vivir, con un nivel de vida más que aceptable, pero la realidad es que aquél lugar, nacido como la villa el sueño americano español, había pasado a convertirse en un lugar donde los vecinos eran incapaces de mirarse a la cara. Llenos de envidia, añorando sus antiguos lujos. Observaban el aspecto decrépito del cine convertido ahora en burdel, donde los hombres iban simplemente a pasar el rato y los jóvenes adquirían sus primeras experiencias, llenos de sueños que esperaban algún día poer realizar. Una vez desde la ventana incluso llegué a escuchar a uno de ellos: "tenemos que entrar. James Joyce con quince años ya lo había hecho, y nosotros tenemos ya dieciséis". Le miraron con cara de asombro.
Minutos más tarde abandonaron el establecimiento y decidieron no volverse a hablar nunca. Desde entonces me interesa lo que ocurre en ese local. Paso las noches, de lunes a domingo, observando quién entra y quién sale. Escucho lo que murmuran las sombras mientras fumo un pitillo e intento pasar el frío metiendo las manos y acurrucando mi cuerpo en mi gabardina.
Otras noches, cuando de verdad hace frío, me paso por el local. La verdad es que es mucho más divertido. No sé por qué no bajo todos los días. La cerveza y los chupitos de wkishy son baratos. Además hay buenas señoras, reina un ambiente de compadreo y humanidad. Sí, lo cierto es que los días que bajo soy realmente feliz.
Alguna vez también hay redadas. La gente se excita, pero a mí no me hace ninguna gracia. En primer lugar, porque odio el oficio y todo lo que representa. Y en segundo lugar, porque una vez uno de los guardias decidió sodomizarme repetidamente hasta que cesó su instinto más natural. Ni siquiera me quejé, me limité a tragar. Al fin y al cabo respecto a estos temas pienso lo mismo que piensa todo el mundo. ¿Qué derecho tengo yo a quejarme cuando hay tantos negritos que están pasando hambre en el mundo? Pues sinceramente, ninguno. Así que cada vez que veo al policía por la calle, le saludo cortesmente y le invito a subir a mi casa. Nos lo pasamos en grande allí arriba. Lo único que le pido alguna vez es que deje a su mujer y se venga a vivir conmigo. Pero me sale con lo de siempre, con la típica frase de telenovela que se tragan todos los días los que not ienen una cosa mejor que hacer. "Tranquilo, tengo que ir con cuidaddo, con tacto. De esta fin de semana no pasa. Te lo prometo". La verdad, os confesaré una cosa si no se lo contáis a nadie. No es que sea gay, es más, no soporto a muchos de ellos. Lo que pasa es que no tengo otra cosa mejor que hacer. Yo paso así el tiempo, disfrutando con la puntica del agente, mientras los jovenzuelos van al burdel y luego entran en Tuenti. A veces me pregunto qué será mejor.
Un año sin Paco (pero con él)
Hace 9 años
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