martes, 12 de enero de 2010

Skyline




(Todos los hechos de esta pequeña narración son completamente ciertos y anodinos.)

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Le dije al hombre negro en Central Park, al pasar –cantaba de un modo correcto cierta aria famosa para ganarse unos centavos-, que si querría acompañarme en un dúo.
Llevaba precisamente en mi mochila una hoja que por casualidad había caído en mis manos.
Decía que se abría el certamen de lied y canción de concierto de cierta zona no muy amplia, pero de bastante alcance, y que el plazo de inscripción duraba hasta tal fecha, amén de otras informaciones.
Le dije que si sabía algo de alemán, y me dijo que no, pero que su tío abuelo había estado en Alsacia, matando muchos, y algo se queda.
Como solamente habíamos de preparar dos canciones confié en que para el día del concurso su dicción fuera aceptable, lo suficiente para acometer un Im Fruhling y un Der Wanderer de Schubert.
Y ahora que lo pienso creo que acertamos.
Le acompañé con el piano, y me parece que erré en mi primera consideración, cuando me acerqué al banco donde, sentado, hacía crecer y decrecer el pecho en tensión tenora. Erré porque en realidad, como corresponde a su tradición blues y soul y al tinte de su rostro, su voz era de la de un barítono que hubiera mordido a Bette Davis los labios, un súbdito descarriado, obviamente, de un Jesucristo que habita en los parques y ofrece su misterio vagabundo en los jardines, ahora casi limpios, ahora casi limpios.
Me di cuenta de que estábamos en Nueva York y todo era mierda.
No era aquello Singapur, pero los carteles refulgían como carteles de publicidad, y las avenidas eran aseguradas por guardias de seguridad, y todo era redundante, vano, moderno, todo estaba muerto, no quedaba ni Village, ni Brooklyn, no quedaba nada. No quedaba nada en el mundo.
Chicas con pantaloncitos cortos venidas de todos los países gritaban en un inglés nauseabundo nombres de avenidas y tiendas y pisos de alquiler, y seleccionaban en los taxis trayectos en el ordenador acoplado en los asientos, donde veían la televisión y otras cosas.
La criminalidad había descendido.
Le dije al hombre negro, al acercarme: -De dónde es usted, debo preguntarlo, de dónde viene.
Me dijo, chico, la verdad es que eso no importa en absoluto, mira a tu alrededor: ya no llueve. Echa una moneda en mi gorra, ve con Dios y sigue tu inútil camino.
Le enseñé el papel –era un papel, papel, que se deshizo en sus manos-, y cuando me quise dar cuenta lloraba de extrañeza, no sabía qué decir.
Enfrente del banco pasaban patinadores con el pelo naranja, un hombre con traje y un cacharro en la oreja, perros muy pequeños y perros más grandes, bien peinados.
Le dije: -Señor, el primer premio son 1.500 dólares, estoy dispuesto a darle 1.000.
Aceptó, aceptó.
Ensayamos en el conservatorio, donde todavía tenía un contacto que me dejaba pasar previo pago.
Y aunque me considero buen pianista, he de decir que no pude articular movimiento alguno, una nota después de que aquel hombre negro tan grande por primera vez Im Fruhling cantara.
La canción decía así al empezar, porque yo se la traduje: Quietamente me siento en la loma de la colina. / El cielo es tan claro. / Una brizna juega en el verde valle./ Donde yo me encontraba en el primer resplandor de Primavera/ una vez -entonces. ¡Era yo tan feliz!
Der Wanderer acabara: La tierra que habla mi lenguaje./¡Oh, tierra! ¿Dónde estás?/En ese lugar donde no te encuentras./Allí se halla la felicidad.
El hombre asintió gravemente, y no quiso saber nada de lo que le dije sobre Viena y aquel músico tan pequeño que era como un cisne.
He dicho que no pude articular movimiento, y no es para menos.
El blues y el soul del lied, un vidrio roto recogido por una escoba de paja, y rastrillar y pasar la hoz y así sucesivamente, una mañana de Abril en el Sur.
Ganamos, y él se hizo famoso.
No quiso que pintaran su rabo de verde o algo parecido, y regresó a su banco.
La moraleja es que se fue de putas. Y otra parte se la dio a su hermana, enferma.
El otro tercio para la entrada de una hermosa casa, con ventanas de cristal y cagadero junto a ellas y la puerta. Para observar el Skyline al hacer aguas mayores como un pájaro negro. Un cuervo mudo.



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