lunes, 4 de enero de 2010

Ahora deliberadamente

Iniciamos la tan esperada -por intraanunciada- sección de escritura automática más allá del absurdo.
Recibimos con los brazos abiertos a todos los istas, desde dadaístas hasta -juas, juas- nudistas.
Con tal de que al andar por la playa, no anden, sino que vayan bailando, pero bailando sobre un pie, o dando vueltas, en una habitación, sin cometas.
(No hagáis esto en una playa de rocas, porque está prohibido, y hay orcas.)

El primer ejemplo nos lo envía Mateo Zambomba, y va sobre mitología, y es críptico y oscuro, como, si me lo permite, el Licofrón que nombra asimismo en el mismo poema.
Cataclismo.
Se titula Que ha sido, aunque su telonero es otro anterior, que se intitula de la misma manera Oda a las gaviotas.
Su autor nos explica -sin extenderse demasiado, como corresponde a su misterio-, que éste último -que sin embargo irá primero-, lo compuso una soleada mañana en Nueva Inglaterra, cuando al salir a puerto, o a la orilla, descubrió que se había dejado las chanclas en casa, y tuvo que volver, pero que ya no le merecía la pena salir otra vez, así que se quedo biendo -sí, biendo- la tele, pero que como no tenía miró un cuadro, como en Barton Fink, mientras el papel de las paredes se despegaba y daban las seis en el infierno.
El cuadro -y he aquí la extraña y apasionante coincidencia: ¿coincidencia en el arte y la literatura? Lo dudo-, el cuadro era de una gaviota.
Exactamente el mismo ave que aparecería cinco minutos más tarde -aunque tardó cinco meses en acabarlo- en el poema de Mateo...

Allá van:

Oda a la gaviota

Gaviota ignota,
del cuadro de Tadeo,
¿dónde te has metido, idiota?
No te veo.

Así pues yo masajeo,
el cacahuete que encontré en el suelo
antes de llegar a este bungalow-casa,
que alquilé -yo creo-
por seis días por diez pasas.

¿Puedo comerme el cacahuete?
¿Es esto un sueño?

¡Oh! ¡Oh! Gaviota ignota.
¡Oh! ¡Oh! ¡Ay!

Que me he caído.


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Creía que podría pero no puedo, el segundo poema será publicado en post aparte, debido a la intensidad tal del telonero, que lo avasallaría sin dejar ni rastro ni de hueso.


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