lunes, 8 de marzo de 2010

G.G.



Existió una vez un gatito y una playa. El gatito era muy monín y muy bonito, aunque solamente así lo designaba una niña que se paseaba por allí después de salir de la escuela.
Solía visitar el lugar a medida que se acercaba a casa por la linde del bosque, que a la sazón y precisamente quedaba en el borde del mar, tal era la fertilidad caduca de aquellas tierras.
Pinos y abetos, pero también muchos otros árboles de clima nórdico y algunas lluvias a veces y otras veces frío.
La costa más allá era rocosa, pero en la playa del gatito la cosa estaba más calmada desde el punto de vista orográfico, y las puntas de las piedras eran más romas.
Para abreviar diremos que en aquellas tierras había una torre, una alta torre, donde vivía el dueño y señor de todas las otras tierras más pequeñas que conformaban la otra tierra, la tierra más grande, claro.
Pues resulta que aquel señor era un loco que iba casi todo el día en bata, y muchas veces por no decir nunca se acordaba de echar comida desde la altura de su balcón –que era como lo alto de un faro- al pobre gatito, así como de preocuparse de otra cosa que sus manos, sus manos en tanto que se cabeza, su cabeza en tanto que…, bueno, la torre, la tierra, todo, sus manos.
La niña, obviamente, se hizo amiga de aquel joven loco, y olvidó al gatito, que murió, o no, y se valió por sí mismo, en clara confrontación con ese loco de la torre, que era un muerto de hambre, en principio, porque no araba ni iba a la escuela, que se supiera.
Sus amigas le decían: "¿Dónde vas?", pero ella no respondía o se escabullía entre las flores muertas. Llovía por los caminos.
Por las tierras y el lugar se cantaban canciones sobre aquella torre, y un caballero Roland quería llegar, pero eso fue tiempo ha, y ahora solamente reinaba el silencio.
Por las noches no procelosas luego en calma salía de los ventanales abiertas notas abiertas que eran el errático devenir de algo sin fundamento, que ni siquiera el gatito comprendía -quizá como una oración desmedida- a los pies de aquel dominio y puede que tan sólo las gaviotas.

----------
(Mis manos florecerán mis manos, de mármol, mis manos; pero ya es demasiado tarde.)

Por el Libro de Daniel sabemos del Diablo y del azufre y de cómo comparecerán los mártires el último día.

No hay comentarios: