jueves, 7 de mayo de 2009

CONVERSACIÓN EN LA TERMINAL (II) - Acabamos en un hospital de veteranos. Parecía un manicomio - SALA: En que las hojas de los árboles por los suelos.

[Dos hombres maduros. Dos sillas. Una ventana.]

- Hace tiempo. Llegué a un mundo subterráneo; donde seres marinos de gigantescas proporciones se me mostraban suspendidos sobre mi cabeza y todo mi cuerpo. Casi pude tocarlos; de no mediar la mampara de separación.
- Lo mismo que yo. El otro día me llegué al final de la tierra...
- ¿Iba usted en barco?
- No. Cruzando el bosque, las cenizas implacables de la desolación, y alcancé el ocaso.
Allí donde dicen puede contemplarse el atardecer definitivo; pero no me produjo ninguna impresión.
- Estaría usted de espaldas.
- No bromee. Esto se pone serio por momentos.
- Cenit, diría yo.
- Cierto. Y ahora la lluvia me resulta demasiado penosa.
Antes estaba demasiado convencido de mi inmortalidad. No inifinita, entiéndame.
Creía en un estado inalterable que perduraría toda nuestra vida orgánica, así como impregnaría por los siglos este gas inerte que llaman espacio, y nos desviaría de asuntos menos importantes.
El tiempo me arrebató mi juventud y mi firmeza. Mi corazón residirá por siempre en las estrellas.
- ¿Shakespeare?
- No, gracias.
- Aunque es cierto eso que dice de la firmeza. Juzgo convencido que la firmeza es lo importante.
Lo demás son pollas flácidas.
- Pues la mía está dura.
- Eso se debe sin duda a mi conjunto de encaje.
- Es que usted lo luce de una manera...
- Asesina. Esta conversación es asesina. Nos hemos distanciado de los cauces sin contornos.
Grabad sobre mi tumba estos versos. Grabad sobre mi tumba estos versos. Grabad sobre mi tumba...
Y deje de mirarme.
- Pues tápese...
...
- Afuera sin duda se levanta viento.
- ¿Será este el invierno de nuestro descontento?
- No sé. Pero se lleva lo más indicado. Lo que yace sobre la superficie. Lo que ya no sirve...
- Cállese. Me enardecen sus palabras y me inflaman todo el cuerpo. Baile un chotis conmigo.
- No puedo. Una vez bailé un vals con la chica más bella del regimiento... Eso es absurdo, más allá de las trincheras mohosas: los soldados ingleses, franceses y alemanes encargábamos semillas de flores a nuestras novias y esposas, a nuestros padres, porque queríamos que nuestra fosa común no tuviera el color de la metralla.
Una vez bailé un vals que respetaba los pasos establecidos tiempo antes, y otra vez interpreté una polonesa de Chopin alla pollacca e maestoso, más allá del sol, una sonata o un rasgueo de guitarra, y concité en unas breves pero apasionadas notas toda la memoria, la decadencia y el espíritu desolado de una Europa extraña y casi fenecida, que se desmoronaba igual que se hunde el barco devorado por las llamas en alta mar, sin trapo, y resignado a su suerte.
- Eso es hermoso y despiadado.
- No, sólo es demoledor.
- Y sin embargo..., quiero besarte en el pecho, y en las llagas, y en las manos, y luego en los labios, mi rinoceronte.
- Quita de encima. A estas alturas soy inmune a tu tontería.
Estás más muerto que vivo en estas ocasiones. Yo sólo quiero...
- ¿Qué?
- Nada, mirar por la ventana.
- Vaya. ¿Eres esquizofrénico?
- ¿Qué he de contestarte B.B.? He pasado meses en un manicomio jugando al ajedrez con un hombre que no abrió la boca en ningún momento. Un día lo conduje hasta la ventana y le dije: ¡mira cómo germinan las semillas! Pero él apartó la vista. Sólo había visto un campo de cenizas.
- ¡Horrible!
- Ese hombre era yo. Pero tú, B.B., tú no ves a los muertos en sus fosas. Quien no los ve es tan esquizofrénico como quien los ve... ¿Acaso es esto motivo de risa?
- ¡Todo es motivo de risa!
- Si tú lo dices...
- Es la justicia de la piedra, Sam. Mañana al amanecer ya no existiremos.
- Lo dirás por ti.
- Pos vale.
...
- Dime. Y ahora, así. ¿Cuáles son tus aspiraciones?¿Quién rige a quién?
¿Moriremos?
- La belleza es verdad, nos entretiene la vida.
- Sí, y tampoco el hado arrebata esa vida incompleta, cosa que uno diría del actor trágico que desapareciera antes de completar y llegar al último acto. Además no es en absoluto esclavo y afectado, no es dependiente ni despegado, no está sujeto a rendir cuentas ni a zafarse.
- Me ametrallas la almendra con tus escarceos y devaneos cósmicos.
- Pues no es más...
[Se levanta tal ventolera que hace crujir los cristales desvencijados.]
...
- De vuelta del mar está el marinero, Sam.
- De vuelta del monte está el cazador.

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