sábado, 25 de abril de 2009

Un murmullo que se pierde en el vacío

Tras la destartalada puerta se escondía una amplia taberna decorada al más puro estilo irlandés. Un buen número de personas se encontraba disfrutando de su libertad entre copas heladas y débiles láminas de humo que ocultaban el techo como una tenue y débil niebla matinal. Nada más entrar, se percibía un calor sofocante qeu desaparecía conforme el cuerpo se iba acostumbrando a estar en el interior del local. Un característico olor a cerveza fría recién servida impregnaba todo el establecimiento. La madera era el ornamento por antomasia en aquella tasca: cientos de láminas de madera embellecían las largas paredes, adornadas con cuadros que retrataban antiguos ferrocarriles y fotografías de personajes solitarios de lo más variopintos.

En los laterales del local se encontraban varias mesas acompañadas de amplios bancos donde se sentaban aquéllos que venían a pasar una noche más relajada con sus amigos. Más al fondo, se situaba la barra del bar, forjada también de una recia madera perfectamente barnizada y sólo oscurecida por las quemaduras de algún que otro cigarrillo mal apagado. Botellas de cerveza rubia, jarras de la famosa Guiness irlandesa, cubatas en su mayor parte de ron y whisky mezclados con Coca-Cola...llenos o medio vacíos, con más o menos hielo, gobernaban la tabla bajo sus respectivos posavos. Mientras unos reían a carcajadas apurando sus copas, una preja de jóvenes hablaba detenidamente apoyada sobre la barra esperando ser atendida.

Fue entonces cuando una pequeña chica esmirriada, con un aspecto decrépito y unos pelos que le cubrían toda la cara, se dejó caer sobre uno de los asientos cercanos a la barra. Desde ahí pudo observar cómo cuatro grandes columnas sujetaban el techo y cómo alrededor de ellas había colocadas unas pequeñas encimeras de un reluciente metal, donde se podían colocar más vasos y acercar sillas para utilizarlo como una mesa más. Se fijó en que las luces eran débiles: tonos anaranjados que iluminaban las mesas donde se hablaba, suaves blancos parpadeantes que dominaban la zona más dedicada al baile y una fuerte luminaria alrededor de la barra y las vitrinas con el alcohol más selecto que se preservaba tras unos impolutos cristales.

"¿Qué desea, señorita", le preguntó amablemente el camero. "Póngame un whisky doble con hielo", farfulló en un tono de profunda desesperación. Y mientras el camarero preparaba su bebida, apreció cómo los altavoces sonaban con la fuerza adecuada: no era necesario gritar para escucharse, pero al mismo tiempo se convertía en un hilo musical muy pegadizo. Por un momento se sintió cómoda, feliz, después de todo el sufrimiento que arrastraba: sonaban los últimos discos de Van Morrison, mezcllados con las canciones más conocidas del mítico grupo irlandés U2. Eran algunos de sus músicos favoritos. Pero la noche continuaba, incesante. "¿Le pasa algo, señorita?", le preguntó un peripuesto joven que se había acercado sigilosamente hacia ella. No pudo hacer otra cosa que romper a llorar. El chico, completamente perplejo, hizo que ella se acurrucase en su hombro para que se relajara. Y en ese momento, suavemente como un murmullo que se pierden en el vacío, el joven le susurró en la oreja: "¿Es que no te acuerdas de mí, María?" Una burbuja de silencio recubrió toda la escena. El mundo había cesado por un momento.

No hay comentarios: